Para FHC e seus
companheiros de plumagem colorida e bico exagerado morrerem de inveja. O PIG
também vai odiar essa reportagem do El País.
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La presidenta
brasileña, Dilma Rousseff,
en Brasilia el 29 de
agosto. /
UESLEI
MARCELINO (REUTERS)
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Días atrás, los fotógrafos captaron un billete
escrito a mano por la presidenta Dilma Rousseff, dirigido a la ministra de
Medio Ambiente, Izabella Teixeira, en el que se lee: “¿Por qué los periódicos
están diciendo que hubo un acuerdo en el Congreso sobre el Código Forestal y yo
no sé nada?” El estilo de gobernar de Rousseff no es ruidoso. Es más bien
silencioso. No le gusta aparecer, ni discursear. No ama la publicidad ni le
gusta viajar en exceso dentro del país. Y sin embargo, existe la convicción de
que, en medio de esa discreción, está llevando a cabo lo que ya ha sido llamado
su “revolución silenciosa”.
La paradoja es que ese “caminar silenciosa, pero
afirmativamente”, como ha escrito el analista político Antõnio Carlos Medeiro,
está llegando a la opinión pública, que mantiene a la mandataria con una
popularidad que no tienen nada que envidiar a la que tenía a los dos años de
gobierno su antecesor, el carismático Lula da Silva, que a pesar de haberla escogido
como candidata a sucederlo, no podía ser más diferente en su forma de gobernar.
Quizás, el no haber querido imitar algo que para ella hubiese sido inimitable y
haber buscado su camino propio es que lo que está creando una imagen propia y
positiva.
Se podría decir que Lula escogió a Rousseff
porque ella poseía lo que a él le faltaba: una fuerte capacidad de gestión
empresarial más que política, un pulso que no tiembla a la hora de destituir a
un ministro por corrupción o de echar a otro un rapapolvo en público. Y al
mismo tiempo, Lula la arropó con el torrente de su popularidad diciendo que
Rousseff “era él”.
La mayor batalla ganada por Rousseff ha sido la
de una huelga de funcionarios públicos
del Estado, que ha afectado a amplios sectores, desde las
Universidades Federales a algunos ministerios, pasando por la policía federal,
que ha mantenido bajo asedio a la mandataria durante tres meses. Los
huelguistas, considerados entre las categorías laborales mejor retribuidas del
país, fueron apoyados por los sindicatos que un día fueron de Lula y que
respaldan a su partido, el Partido de los Trabajadores (PT). Los huelguistas
estaban acostumbrados a conseguir del Gobierno todas sus reivindicaciones. Con
Rousseff la huelga no fue fácil. La abucheaban los funcionarios en sus salidas
y Lula tuvo que intervenir en su apoyo recordando a los huelguistas y
sindicalistas que los tiempos habían cambiado, que las vacas gordas habían
acabado y que Rousseff vivía una crisis económica, agudizada por la crisis
mundial, que él vivió solo de resbalón. Rousseff fue dura. Tuvo más de 250
reuniones con las diversas categorías y los sindicatos. Llegaron a pedirle
aumentos hasta de un 50%. La presidenta se plantó. Ofreció un 15% distribuido
en tres años y les advirtió que los aumentos mayores irían para los que ganaban
menos y no al revés.
Resistió tres meses. Les puso una fecha de
ultimátum, pasada la cual no les concedería ni el 15%. Cedieron y salió
reforzada en la opinión pública, que además no ve con buenos ojos las huelgas
de los servicios públicos que afectaron desde los aeropuertos a los hospitales.
La revolución que Rousseff parece querer llevar
a cabo no le es fácil porque va en la dirección opuesta a un cierto tipo de
hacer política en Brasil, donde los políticos de turno piensan más en el día a
día, en salir adelante para mantener su tajada de poder, sin grandes visiones a
largo plazo.
Rousseff se ha dado cuenta que el modelo de
economía llevado a cabo hasta aquí empieza a renquear y puede comprometer el
futuro. La industria está perdiendo fuelle. China ha disminuido un 10% su
comercio con Brasil. El PIB de este año no alcanzará el 2% y Brasil ha dejado
de ser la sexta potencia mundial, que ha vuelto a reconquistar Reino Unido.
Rousseff sabe que a Brasil no le basta ya el mercado interno, ni las
exportaciones, ni la política de usar solo productos nacionales y que el coste
de lo producido en Brasil es excesivamente caro y poco competitivo.
Ante todo ello, ha empezado a destapar sus
cartas. Ha lanzado un gran plan billonario de
infraestructuras, la gran cenicienta de este país; quiere invertir
en serio en invención y tecnología reforzando el campo de la educación y del
saber. En los presupuestos de 2013, ha aumentado de un 10% los gastos en
educación, así como los de cultura.
Ha abierto la mano a lo que su partido, siempre
alérgico a las privatizaciones, llama “concesiones”, y ha llamado a las
empresas extranjeras a invertir en Brasil, consciente de que el país por sí
solo sería incapaz de dar el salto que necesita. Empezando por la extracción
del crudo de los grandes yacimientos del Pre-sal.
Para ella los dos focos del futuro de la
economía son la productividad de la empresa y la innovación, al mismo tiempo
que refuerza las políticas sociales para acabar con la miseria y abre el
crédito para favorecer a las clases medias.
Y son estas clases medias, las antiguas y las
nuevas las que hoy la sostienen y que hace solo dos años le negaron su voto.
Uno de los silencios significativos de Dilma es el de estos días frente a las
condenas que el Supremo está llevando a cabo contra el escándalo de corrupción del mensalão,
que involucró a toda la cúpula de su partido en 2005. Rousseff está
muda y no ha dejado a sus ministros opinar. Y los dos magistrados nombrados por
ella están siendo los más duros en sus condenas.
Ayer, el líder de la oposición, el expresidente
y sociólogo Fernando Henrique Cardoso, llegó a hacer elogios de Rousseff
poniendo de relieve la “dura herencia” con la que está teniendo que lidiar, de
una economía que, acabados los tiempos de bonanza de
Lula, tiene que hacer frente a nuevos y graves desafíos pensando
sobre todo en el futuro, al mismo tiempo que ha tenido que enfrentar la
corrupción política y la impunidad, dos llagas aún abiertas en este país.
Todo ello ha llevado a los especialistas
políticos a afirmar que hoy Rousseff podría ya ser reelegida en 2014 “sin el
bastón mágico de Lula”. Ella está conquistado con su política de gestión,
pragmática, poco ideológica, y en silencio, su propia credibilidad .
Fonte – El País
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